La mañana siguiente, Isabella se levantó al ver que el sol comenzaba a salir. Su pequeño no tardaría en despertar y no deseaba que la viera sintiéndose mal. A pesar de haber tomado analgésicos, los dolores seguían apareciendo intermitentes aunque más leves.
Fue directamente al baño para asearse y recoger el desastre que había dejado. Tomó la ropa de la tina, la exprimió y llevó hasta el cesto de ropa. Luego de cambiarse salió de la recámara y llevó todo al área de la lavandería.
—Buenos días —dijo en voz baja al ver que la sirvienta ya se encontraba en la cocina.
—Buenos días, señora.
—Pondré a lavar esta ropa. —afirmó sosteniendo el cesto con sus manos.
Rosa giró el rostro apenas para verla y luego continuó con sus labores de limpieza. Isabella se dirigió hacia el pasillo cuando oyó a la empleada alzando la voz desde la cocina.
—El detergente y los productos de lavar están dentro del estante pequeño.
—Gracias —contestó la pelicastaña apretando los dientes.
Una nueva p