Antonella despertó lentamente, como si emergiera de un sueño cálido, suave… demasiado perfecto para ser real. La luz tenue del amanecer se colaba por la rendija de la cortina, iluminando la habitación con un tono dorado que hacía que todo pareciera más sereno.
Tardó unos segundos en recordar dónde estaba y con quién.
Sintió un peso cálido rodeando su cintura. Luciano dormía detrás de ella, su respiración profunda acariciando la curva de su cuello. No estaba enteramente recostado sobre ella, pero sí lo suficiente para que Antonella se sintiera protegida, envuelta… querida.
Un rubor le subió al rostro cuando la memoria la atacó: sus manos, sus besos, la manera en que él había sido tan paciente con ella, cómo había esperado cada una de sus respuestas, cómo la había guiado sin presiones, sin apuros.
Era su primera vez, y ella jamás imaginó que podía ser así.
Luciano se movió despacio. Sus dedos, tibios y fuertes, se deslizaron por su abdomen en un gesto instintivo, todavía medio dorm