Ignacio esperó unos minutos que se hicieron eternos, sentado en la sala, mirando de reojo hacia el pasillo, aguardando ver la silueta de Isabella aparecer por el pasillo.
Quería hablar con ella y quería continuar lo que la lluvia había revelado entre ambos.
Pero arriba, en la habitación, Isabela se había quedado inmóvil, con la mano todavía sobre el pecho.
Aquel llamado –o lo que creyó haber escuchado– la había sacudido.
Sentía que algo, tal vez el destino, le estaba diciendo que no debía v