Cuando Isabella quiso gritar, Germán le cubrió la boca con una de sus manos, mientras con la otra manoseaba su cuerpo de forma lasciva.
—Te dije que te calles, estúpida. —masculló entre dientes mientras presionaba su mano con fuerza contra su boca y con su cuerpo la apretaba contra la pared.
Su cercanía se volvió asfixiante. Isabella no conseguía respirar ni tampoco quitárselo de encima; temblaba sin control, las lágrimas recorrían sus mejillas, luchaba por respirar, por no rendirse.
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