Cuando Isabella quiso gritar, Germán le cubrió la boca con una de sus manos, mientras con la otra manoseaba su cuerpo de forma lasciva.
—Te dije que te calles, estúpida. —masculló entre dientes mientras presionaba su mano con fuerza contra su boca y con su cuerpo la apretaba contra la pared.
Su cercanía se volvió asfixiante. Isabella no conseguía respirar ni tampoco quitárselo de encima; temblaba sin control, las lágrimas recorrían sus mejillas, luchaba por respirar, por no rendirse.
A pesar de sus esfuerzos, de forcejear con él, de golpearlo con sus puños en el pecho, Germán no se detenía. Cada intento por zafarse la dejaba más exhausta. Sentía cómo él, con sus manos torpes y dominantes, buscaba imponerse, arrancándole la poca fuerza que le quedaba.
El hombre comenzó a besarla de forma agresiva. Ella giró la cabeza, intentando esquivarlo.
—No podrás detenerme, eres mía, mi mujer y siempre lo serás.
—Suéltame, por favor. —suplicó ella.
Él se apartó apenas lo necesa