Isabella despertó despacio, sin saber donde estaba. Había llorado tanto que sentía el rostro aún tibio y acartonado. Al girar el rostro, lo vio a él a su lado. Sonrió levemente, ahora ya sabía dónde estaba.
Ignacio dormía profundamente, su mano reposaba sobre su talle. Intentó no moverse para no despertarlo. Sin embargo, el sonido breve de su teléfono vibrando la sacó del letargo y la obligó a incorporarse con cuidado. Ella tomó su mano y la retiró con lentitud exagerada. Suspiró cuando la depositó sobre la cama y se volteó para tomar su celular. Lo revisó, y al ver los mensajes de Antonella, sintió un leve sobresalto.
“¿Dónde estás? Ya estoy en casa”.
“¿Por qué no respondes Isa”.
“Me tienes preocupada”.
Isabella apretó los labios. No quería hablar de aquel tema. No quería contarle sobre lo ocurrido, mucho menos ponerla nerviosa. A pesar de su negativa, debía contestar sus mensajes.
Escribió despacio, pensando cada una de las palabras que iba colocando:
“Tengo que resolver