El consultorio del prestigioso hospital privado se sentía claustrofóbico, demasiado pequeño para contener la arrolladora presencia de Alessandro Riva. Sentado en una de las sillas de cuero frente al imponente escritorio médico, con una pierna cruzada sobre la otra y la espalda rígidamente apoyada en el respaldo, el magnate proyectaba una sombra densa que desentonaba por completo con las paredes de tonos pastel, los diplomas enmarcados y el ambiente aséptico del lugar.
No había dejado que Bian