La sala de juntas del vigésimo piso de la compañía Riva parecía un búnker de alta tecnología donde se decidía el destino financiero del país, pero para Emma, en ese preciso momento, no era más que una cámara de tortura climatizada. Las inmensas ventanas de cristal blindado ofrecían una vista panorámica de los rascacielos de la ciudad, pero el ambiente dentro estaba completamente aislado, inmerso en una luz blanca, fría y corporativa. La enorme mesa de cristal templado, pulida a la perfección,