El sol de la mañana se filtró implacable a través de los finos visillos de seda gris, golpeando los ojos de Alan con una punzada de dolor cegador. El secretario soltó un quejido ronco, llevándose una mano a la sien mientras sentía los estragos de la peor resaca de su vida. Intentó moverse, pero el roce directo de las sábanas de hilos egipcios contra su piel le erizó el vello de los brazos.
Abrió los ojos de golpe, desorientado. No estaba en su departamento.
Miró a su alrededor con el corazón