La tormenta estalló con furia justo cuando Alessandro cruzó las enormes escalinatas de la catedral. El cielo plomizo se abrió de par en par, descargando una cortina de agua densa y fría que empapó su traje de alta costura en cuestión de segundos. Lejos de importarle, sintió que el aguacero lavaba el peso de los años, el polvo de la culpa y la sangre podrida de un apellido que acababa de sepultar en vida.
El imperio Riva se estaba desmoronando en directo ante los tribunales y las cámaras de te