La imponente mansión de los Riva no parecía un hogar; a pocas horas de que despuntara el alba, se había transformado en un búnker silencioso y tenso, donde la opulencia exagerada de las paredes de mármol de Carrara y las molduras de oro viejo contrastaba grotescamente con el aire viciado de conspiración, paranoia y terror acumulado.
En lo más profundo de su despacho privado, sumido en una penumbra absoluta y con la única compañía del parpadeo frío y azulado de la pantalla de su ordenador portá