Las imponentes puertas de roble macizo de la catedral principal se abrieron con un sonido solemne y ceremonioso que retumbó en cada rincón del sagrado recinto. Cientos de flashes de las cámaras de la prensa comenzaron a disparar en una ráfaga incesante y ciega, iluminando el altar mayor decorado con miles de lirios blancos importados que exhalaban un aroma dulzón y pesado. La élite del país ocupaba las bancas de caoba pulida, expectante, dispuesta a presenciar la unión del año entre dos de los