El caos y los gritos ahogados de la alta sociedad resonaban bajo las altas cúpulas de la catedral, pero el bullicio de los agentes federales y el rostro descompuesto de Doña Carmen parecieron desvanecerse en un segundo plano. En el altar principal, suspendidos en el ojo de la tormenta que ellos mismos habían desatado, Alessandro y Emma permanecían inmóviles, atrapados en el silencio ensordecedor de su propia realidad.
El juez de paz, con las manos temblando sobre el misal y el rostro bañado e