Gianna contempló el ramo de flores que había elegido para su boda; era una obra de arte. Compuesto por rosas rojas y blancas, estaba sujeto con un moño dorado que le otorgaba un aire elegante y clásico. Sin embargo, no era un ramo común. En el centro, discretamente oculto, había un compartimento diseñado para sostener una navaja de plata.
Nada en su boda era convencional, y eso incluía a la propia novia.
El pensamiento la sumió en un remolino de emociones hasta que la florista rompió el silenci