Darragh había aprendido que alegrar a su Luna no era tarea sencilla. Con cualquier otra mujer bastarían rosas, joyas o ropa para arrancar una sonrisa, pero con Gianna, esas superficialidades no tenían peso alguno.
La única forma de enmendar sus errores era un proceso lento, uno en el que ella tendría que decidir perdonarlo. Aun así, el lobo sabía que los acontecimientos recientes jugaban a su favor, empujándolos en la misma dirección.
Esa mañana, William le había confesado que había estado den