Gianna bajó de la camioneta, pero sus rodillas flaquearon al enfrentarse a la escena. Aquella casa, que ya le había parecido en pésimas condiciones la primera vez que la vio, ahora era poco más que un esqueleto consumido por las llamas. Las paredes ennegrecidas se alzaban de forma precaria, y el interior no era más que un mar de cenizas.
El aire estaba impregnado de un aroma inconfundible: muerte. Se extendía por el césped quemado, trepaba por los árboles circundantes y se aferraba a la piel co