—¡Sofía! —susurró, mientras el propio alcohol en su cuerpo se evaporaba instantáneamente al correr hacia ella.
Su corazón latía con una urgencia que le resultaba desconocida, pero irresistible. Se arrodilló, levantando su delicada figura en sus brazos con una inesperada ternura que contrastaba con su habitual arrogancia.
Su piel estaba fría y pegajosa contra sus dedos, sus respiraciones eran superficiales e irregulares.
Al recostarla, los ojos de Sofía se abrieron, verdes y vidriosos, mostran