Sofía llegó a casa de su madre, con el cuerpo cansado y el alma todavía sacudida por los eventos recientes. Apenas abrió la puerta, su madre, Céline, apareció corriendo desde la sala, con el rostro empapado de lágrimas.
—¡Sofía! —gritó antes de abrazarla con fuerza, como si nunca fuera a soltarla—. Creí… creí que estabas muerta, hija.
Sofía, sintiendo el peso de las emociones contenidas en ese abrazo, comenzó a llorar.
—Estoy aquí, mamá… estoy bien, gracias a Estuardo.
Céline se apartó ligerame