El tic-tac del reloj en la sala de espera del hospital resonaba en los oídos de Estuardo como un martillo. Caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto.
Sus manos estaban entrelazadas detrás de su espalda, y sus pensamientos giraban en un torbellino. Aunque Jan Carlo había causado tanto dolor, Estuardo no podía evitar preocuparse por él.
La puerta automática de la sala se abrió, y los padres de Estuardo entraron acompañados de Ricardo, su hermano menor. Sus rostros reflejaban la mezc