Los ojos de Marella se quedaron fijos en el mensaje que acababa de recibir. Lo leía una y otra vez, sin poder procesarlo del todo. Sus manos temblaban, y en su pecho sentía un latido fuerte y acelerado que la asfixiaba.
—¿Dylan Aragón… aceptó casarse conmigo? —repitió en un susurro. Sacudió la cabeza con incredulidad, sintiendo que debía ser una broma, una cruel burla del destino. Alzó la mano y tocó su labio partido; la sangre se había secado, pero el dolor y la indignación permanecían ahí, en