—¡Cállate, Dylan! ¡Basta de envenenar esta familia! —rugió Máximo, su voz, como un latigazo que atravesó la sala, mientras sus puños temblaban de furia.
Dylan, desde el suelo, se limpió con el dorso de la mano, la sangre que corría por la comisura de sus labios.
Se levantó lentamente, con una sonrisa amarga que no alcanzaba a esconder el dolor en sus ojos.
—¿Yo? —respondió con una voz cargada de sarcasmo y rabia—. No soy quien la ha envenenado, padre. La verdad lo hizo.
El silencio que siguió f