Santiago tocó su frente con una mano temblorosa, un mareo lo invadía mientras sus piernas parecían ceder. Dylan apenas tuvo tiempo de sostenerlo antes de que colapsara por completo.
—¡Abuelo! —gritó, con el pánico, apoderándose de su voz.
—Estoy bien, hijo, por favor... ayúdame a ir a mi habitación —logró decir Santiago con esfuerzo.
Dylan asintió, sujeta a su abuelo con cuidado y lo llevó hasta la habitación. Apenas lo recostó en la cama, llamó al médico. La espera se sintió eterna, pero al cab