Al día siguiente
Eduardo estaba en ese restaurante elegante, rodeado de los hombres con los que había planeado su traición.
La penumbra del lugar parecía hacer eco de su propia oscuridad interior.
Frente a él, los diseños que había robado descansaban sobre la mesa, exudando una calidad innegable. Los hombres los examinaban con detenimiento, sus rostros iluminados por una codicia que a Eduardo le resultaba casi familiar.
—¿De verdad estás dispuesto a hundir a tu propio hermano? —preguntó uno de e