Dylan no soportó verla tan rota. Se acercó a ella rápidamente, la tomó por los hombros y la giró hacia él.
—¡Mírame, Marella! —exclamó con intensidad, sus ojos fijos en los de ella—. Nada ni nadie nos va a separar. Tú eres mi familia, tú eres mi hogar. Nada de esto cambia eso.
—Pero… —intentó protestar.
Él no la dejó continuar. Acercó sus labios a los de ella, sellando sus dudas con un beso cargado de amor y desesperación.
—Si es mi hijo, lo reconoceré. No seré como mi padre, no cometeré los mis