Salvador no respondió.
Con la mirada fija y el rostro tenso, corrió hacia la puerta, dejando a Alma completamente desorientada. La rabia comenzó a hervir en su pecho, un nudo de frustración apretó su garganta.
Sin pensarlo más, decidió seguirlo.
No podía soportar ese vacío doloroso que crecía dentro de ella, ese sentimiento de traición que la consumía.
—¡No son celos, solo me dan rabia los traidores! —murmuró, enojada, mientras bajaba las escaleras con cuidado para no despertar a Florecita.
Al l