—¡Darrel! Ven ahora mismo conmigo —sentenció Dylan con una voz firme, pero no carente de cariño.
Darrel frunció el ceño, desconcertado. Estaba a punto de obedecer cuando Máximo, el hombre que tanto resentía, lo detuvo con una mano temblorosa.
—Hijo… —murmuró Máximo, su voz cargada de años de culpa y arrepentimiento.
Darrel apartó su brazo bruscamente.
—No me llames, hijo —respondió con dureza, su mirada llena de reproche.
Máximo tragó saliva, el peso de sus errores estaban cayendo sobre él como