Cuando Máximo despertó, abrió los ojos lentamente, sintiendo un peso incómodo en el pecho.
Miró a su alrededor, desorientado. Por un instante, no supo dónde estaba, pero luego los recuerdos lo asaltaron: la lluvia, la caricia de Dylan, su voz firme y compasiva.
La puerta se abrió antes de que pudiera procesar todo. Dylan entró acompañado por un médico. Máximo intentó levantarse, pero su cuerpo le recordó su fragilidad.
—¡Dylan! —exclamó con un hilo de voz—. ¿Estás aquí? ¿No es un sueño?
Dylan lo