Marella estaba atrapada en un rincón de la habitación, sus ojos llenos de terror. Escuchaba las risas grotescas y los comentarios de los hombres mientras discutían sobre la cantidad de dinero que recibirían.
—¡Es una fortuna! —dijo uno, con un tono que helaba la sangre.
Otro lo miró con una sonrisa ladina, sus ojos fijos en ella.
—¿Y qué hacemos mientras? —Se inclinó hacia Marella, evaluándola como si fuera un objeto—. Mírala… parece una diosa griega, ¿no crees?
—Eso es cierto —asintió el otro