Marella sintió cómo el terror la paralizaba cuando las pistolas apuntaron directamente hacia ellos. Sus manos temblaban mientras dos hombres enmascarados abrían las puertas del auto, forzándolos a salir. El frío del metal contra su piel le provocó un escalofrío, pero fue el grito desesperado de su propio corazón lo que retumbó más fuerte que sus alaridos de pánico.
—¡Déjenme ir! —gritó con todas sus fuerzas, aferrándose a lo que podía.
Uno de los hombres la agarró con brutalidad y la cargó como