—Manuel, es una locura —dijo Eliseo con firmeza, manteniendo la calma a pesar de la tensión que se había instalado en la habitación—. Si ella cumplió su condena y la autoridad lo confirmó, entonces se acabó. No puedes hacer más.
El silencio que siguió fue pesado, casi violento.
Los ojos de Manuel se encendieron con una rabia contenida, de esas que no se apagan con lógica ni con leyes. Su mandíbula se tensó, y su voz salió cargada de dolor más que de razón.
—Te equivocas —respondió con frialdad—.