Capítulo: Quemar un amor

Gael y Jenny dieron un salto en la cama, como si una corriente eléctrica les hubiera recorrido el cuerpo. 

Los dos quedaron inmóviles por un par de segundos, con los ojos muy abiertos, tratando de entender qué había sonado.

Gael reaccionó primero. Se levantó de un brinco, casi cayéndose al intentar ponerse la ropa interior. Su respiración era agitada, su piel empapada en sudor.

Corrió hacia la puerta del departamento con el corazón golpeándole las costillas.

—¡¿Marisol?! —preguntó tentativamente.

Pero la sala estaba vacía. Silenciosa. Inmóvil.

No había nadie.

Gael se detuvo, desconcertado, sintiendo cómo el pánico se convertía en confusión.

Miró hacia el suelo y ahí encontró los restos: el vino esparcido como sangre, los pedacitos de cristal regados.

 Jenny apareció detrás de él, apenas vestida con su camisa, 

Sus piernas, largas y estilizadas, quedaban al descubierto bajo una camisa apenas sujeta por un solo botón.

Un destello de sorpresa brilló en sus ojos, pero más aún de emoción.

—¿Dónde está? —preguntó, mirando hacia todos lados.

Gael soltó un suspiro largo, aliviado y tenso a la vez.

—Maldita sea… no es ella. —Se pasó una mano por el rostro—. Creo que… solo se cayó una copa.

Jenny rodó los ojos, cruzándose de brazos.

"Ojalá hubiese sido esa perra. Que vea con sus propios ojos que su hombre es solo mío.”

Con esa idea enferma rondándole la cabeza, Jenny sonrió. Caminó hacia Gael y lo rodeó con los brazos, buscando el calor que él ya no le devolvía.

—Gael, yo…

—Ya vete, Jenny —La empujó de golpe, casi derrumbándose—. Mañana es mi boda. No quiero más problemas.

Jenny hizo un puchero dramático, pero Gael la ignoró. 

La deseó, sí… pero no la quería. Y ella lo sabía. Por eso le ardía la sangre.

“No vas a casarte, Gael —juró para sí misma mientras tomaba su bolso

“No puedo perderte. No te voy a dejar ir tan fácil.”

Esa misma noche, Marisol estaba sentada frente a su celular, rodeada de bolsas, recuerdos y objetos que ahora no significaban absolutamente nada. 

Tenía los ojos hinchados, pero no había vuelto a llorar desde que salió del departamento. 

Terminó de editar el video y lo reprodujo una última vez. Intentó sonreír, pero sus labios se curvaron con amargura.

Cerró el archivo con un golpe seco sobre la pantalla y respiró hondo para controlar el temblor de su mandíbula.

—No voy a llorar por ti, Gael —susurró con rabia contenida—. ¡No vales la pena!

Lanzó el teléfono a la mesa y apagó la luz. 

Se acostó y cerró los ojos con fuerza, obligándose a no pensar. 

Dio vueltas en la cama durante horas, pero al final el cansancio la venció hasta que salió el sol.

***

A la mañana siguiente

El vestido de novia colgaba frente a ella. La tela blanca parecía burlarse, recordándole cada promesa rota, cada mentira. Marisol sintió un nudo en el pecho, pero no se permitió derrumbarse.

Se levantó.

Respiró hondo.

La maquillista llegó puntual, pero Marisol rechazó el estilo cargado que habían acordado.

Quería algo más natural. Quería ser ella misma.

Se dejó el cabello largo, suelto, cayendo en una cascada suave por su espalda. Se puso el vestido.

Lo ajustó en silencio, con manos firmes.

Tomó la USB.

Bajó las escaleras lentamente y su padre, Elías, la esperaba abajo. El brillo orgulloso en sus ojos le apretó el corazón.

—Te ves hermosa —le dijo, sincero.

Hacía años, desde que su madre murió, que él no la miraba ni la elogiaba de esa manera.

—Gracias —respondió ella, con una sonrisa suave.

A un costado estaba su madrastra Ana, rígida como siempre. Y junto a ella… Jenny.

La mirada de Jenny era puro veneno. Furia disfrazada de sonrisa hipócrita.

Marisol la vio, y algo en su interior disfrutó aquella reacción.

—¿No me dirás nada, Jenny? —preguntó Marisol con una calma casi cruel—. ¿No te gusta mi vestido?

El silencio tensó el aire.

—Tal vez algún día te veas tan hermosa como yo. —Marisol ladeó la cabeza, recorriéndola con la mirada—. Si quieres, puedo dejarte mi vestido para que lo uses… al menos que no te gusten mis sobras.

Jenny retrocedió como si la hubieran abofeteado.

—Marisol, ¿qué dices? —Ana intervino de inmediato—. Cuando Jenny se case, tendrá un vestido mil veces mejor que el tuyo.

Marisol soltó una risa suave, irónica.

—El vestido podrá ser mejor, no lo dudo. Pero dime… ¿se verá mejor ella?

Ana abrió la boca, pero el silencio se le quedó atravesado en la garganta.

No podía negarlo: Marisol era una copia exacta de esa perra, poseedora de la misma belleza letal.

 —Por favor —murmuró Elías, esquivando la mirada de todos—, hoy no es el día para esto.

Marisol caminó hacia la puerta. Su padre la acompañó.

Subieron al auto.

Antes de que arrancaran, Marisol miró por la ventana directamente a los ojos de Jenny.

Jenny sintió un escalofrío que le recorrió toda la columna.

Marisol parece diferente a antes.

Marisol cerró los ojos unos segundos.

Cuando los abrió, su expresión era tranquila, casi dulce… 

Sonrió, confiada.

Estaba lista.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP