Mundo ficciónIniciar sesiónCuando el auto se detuvo frente a la iglesia, Marisol sintió que el aire se volvía denso, casi irrespirable.
Su padre le ofreció la mano con una mezcla de orgullo y preocupación.
Ella aceptó sin decir más.
—Estamos aquí, hija —susurró él, sin imaginar lo que estaba por suceder.
Marisol ajustó el velo, alzó la mirada y dio el primer paso. Pero antes de entrar, se topó con su coordinador del evento, quien corría de un lado a otro ultimando detalles.
—Necesito un favor urgente —dijo ella con voz firme, entregándole la USB—. Este video debe mostrarse antes de que el sacerdote hable. Antes de cualquier palabra. No te equivoques.
Él abrió los ojos con sorpresa ante la severidad de su tono, pero asintió.
La mujer que siempre pedía permiso ahora dictaba órdenes.
—Claro que sí, señorita. Se hará como pidió.
***
Cuando la marcha nupcial empezó a resonar, Marisol tomó el brazo de su padre y entró a la iglesia.
Todo en la iglesia era exactamente como ella lo había planeado durante meses: las flores blancas que ella misma eligió, la música suave que tanto le gustaba y los invitados sonriendo en sus asientos.
Cada detalle le recordaba la ilusión que sentía hace apenas unos días. Había soñado con este momento como el más feliz de su vida, pero ahora todo le parecía una farsa.
Y allí, al fondo, esperándola frente al altar… Gael.
Vestido de gala, sonrisa soberbia, mirada triunfal.
El hombre que había jurado amarla. El hombre que la había traicionado sin temblar.
Al verlo allí, frente al altar, Marisol no sintió amor. Solo sintió náuseas.
Su mirada se desvió hacia la izquierda.
En la primera fila estaban Ana, la madrastra de Marisol, y a su lado, Jenny.
“Veamos cuánto dura esa sonrisa, Gael”, pensó Marisol mientras avanzaba.
La iglesia entera parecía contener el aliento.
Todos admiraban a la novia impecable.
Gael la recibió con un gesto que pretendía ternura, pero a Marisol le resultó falso, repulsivo.
Él intentó tomar su mano, pero ella solo sostuvo su ramo con fuerza, sin corresponderle.
Gael se sintió incómoda por un momento, pero él asumió que simplemente estaba nerviosa.
***
Entonces, el coordinador encendió la pantalla. Las luces bajaron ligeramente.
Un murmullo recorrió a los invitados.
El sacerdote llegó justo a tiempo y habló:
—Antes de comenzar, la novia quiere compartir con todos ustedes un video de amor. Les pido su atención.
La pantalla descendió. La música se detuvo.
Todos esperaban el momento de felicidad de los recién casados.
Pero después de tres segundos… el infierno se abrió.
Las dos figuras en la pantalla se superpusieron: el novio estaba desnudo, y debajo de él no estaba la novia, ¡sino su cuñada!
Gemidos. Caricias. Beso tras beso.
La imagen era clara, cruel, indiscutible.
Un grito ahogado se escuchó entre las bancas. Varias señoras se taparon la boca. Otros apartaron la vista, escandalizados.
Su madrastra se quedó paralizada, a su lado, Jenny se puso de pie de golpe, temblando.
—¡Detengan ese video! —rugió Gael.
Se abalanzó contra la pantalla, bloqueando la luz con el pecho. Pero era tarde.







