En un hospital ubicado en Suiza, rodeado de montañas cubiertas de nieve y un silencio casi solemne, Sonia Belmont cruzaba los pasillos con el corazón latiendo más rápido de lo habitual.
A pesar del lujo y la impecable limpieza del lugar, para ella aquel sitio siempre había sido una prisión emocional. Cada paso que daba hacia la habitación de su hijo era una mezcla de esperanza y miedo.
Había pasado un año.
Un año entero viendo a su hijo postrado en una cama, inmóvil, atrapado en un estado incier