Los doctores llegaron con urgencia, casi atropellándose unos a otros al entrar en la habitación.
El ambiente se tensó de inmediato, cargado de una expectación que parecía respirar por sí sola.
El hombre yacía en la cama, inmóvil durante tanto tiempo que su despertar había dejado a todos en un estado de incredulidad.
Uno de los médicos se inclinó sobre él, revisando sus signos vitales con rapidez, pero también con una evidente emoción contenida.
Sus manos, acostumbradas a la precisión, temblaron