Después de sentir mi rostro arder y escapar de aquella tienda, Alexander me llevó a un río. Uno verdaderamente precioso, rodeado de las bellas calles de París. No había arboles, ni naturaleza. Solo la arquitectura de la ciudad, los perfectos edificios.
Dijo que era el Río Sena.
Subirme al bote fue una tarea difícil. Jamás había estado en uno. Juraba que si ponía un pie, me terminaría tambaleando hasta caerme en el agua. ¡Y yo no sabía nadar!
La ironía de la vida, he vivido en una ciudad c