La vista estaba borrosa por las lágrimas y mi cuerpo temblaba violentamente por la situación, pero mis oídos funcionaban perfectamente. Pero en ese momento, cuando abrió la boca para revelar su asquerosa acción, pensé que me había quedado sorda.
—¿Tú me envenenaste? —pregunté con la voz quebrada.
Él me miró con los ojos agrandados, como si cayera en cuenta de lo que dijo. Y ni aún así, sus manos abandonaban mi cuerpo.
—No te quería envenenar a ti, era a él. Le dije a la mesera que le di