Me atreví a levantar la vista con los ojos bañados en lágrimas. Y ahí estaba, mi esposo, en el marco de la puerta, con su imponente figura bloqueando la salida. Sus ojos grises siempre fríos, parecían arder en el mismísimo infierno al observar la escena que tenía frente a sus ojos. Yo, tirada en el suelo junto a la cama, llorando y temblando, con el camarero arrodillado frente a mí.
Nadie fue capaz de decir nada. O más bien, no tuvimos tiempo, ya que se abalanzó sobre el camarero. El puño de