Me rasqué la cabeza, una y otra vez. No porque tuviera piojos, ni siquiera porque me pícara. Estaba tratando que las ideas y los planes macabros entrarán a mi cabeza, de una u otra forma.
Nunca había tenido que pensar tanto en mi vida. Toda mi existencia se había reducido a obedecer. Primero se mi padre, después a Alexander. Y por primera vez, me habían dejado las riendas sueltas. Bueno… Medio sueltas.
Y por alguna razón, mi corazón latía con fuerza cada vez que lo pensaba. Por los momento