Cómo pude, me levanté, sintiendo mis músculos adoloridos, maltratados. Pero no me importó. No cuando frente a mis ojos estaba mi esposo, caminando en mi dirección.
La última vez que estuvimos juntos, le dispararon. Se desplomó en el suelo, suplicándome que escapara mientras se desangraba.
—Alexander… —repetí, con un poco más de fuerza.
Las lágrimas corrían por mis mejillas, sin control. Pensé que sufriría un infarto. La sensación de ver al hombre que amaba, el cual creí muerto, frente a mí.