La oficina de Diego Costa en la Torre Latinoamericana, con vista hacia el bullicioso Zócalo, se sentía sofocante para Esperanza. Pero como una mujer que llevaba décadas controlando los negocios de los De la Vega Montesino, sabía perfectamente cuándo ponerse la máscara más dulce.
Ahora estaba sentada sobre el regazo de Diego, dejando que sus dedos acariciaran el cabello y el rostro del hombre con una suavidad seductora, como si el deseo de su juventud hubiese vuelto a encenderse.
—Sigues siendo