Al día siguiente.
Ernesto esperaba a que le abrieran la puerta de la pensión de doña Inés, para recoger a Aranza. Jorge, el inquilino al que ya conocía, salió y lo saludó con amabilidad.
—Pasa —refirió—, Aranza no demora mucho —indicó el hombre.
—Muchas gracias —respondió, entonces ingresó y tomó asiento, sacó su móvil, y se puso a leer sus mensajes desde la sala, a continuación, un par de murmullos, se comenzaron a escuchar:
— ¿Cuándo vamos a decirles a todos que tenemos una relación? —el doct