En cuanto ingresaron a la cabaña, Ernesto se acercó a ella y la besó con ese desespero y esa misma urgencia que sentía en la SUV, la pegó a su cuerpo y la estrechó, mientras liberaba algunas lágrimas que tenía guardadas desde hace tres años.
—¿Qué te ocurre? —Aranza colocó sus manos sobre sus mejillas y lo miró con preocupación.
Ernesto fijó su mirada sobre su rostro, y deslizó las manos sobre sus sedosas hebras, disfrutando de la suavidad de su larga cabellera.
—Me has hecho tanta falta —menci