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Los hicieron esperar en el lobby hasta que apareció uno de los guardaespaldas de los músicos a recibirlos, en bermudas pero a cara de perro. Los saludó con cortesía casi forzada y les indicó que lo siguieran al ascensor. Ragolini se fijó que iban al último piso. El solárium y el spa. Iba a hacer un comentario, pero Mariano estaba viendo algo en su teléfono y el americano les daba la espalda. El ascensor se detuvo a mitad de camino y subió un chico de unos trece años tamaño ropero, con una acústica sin funda en la mano.

El americano le hizo lugar sonriendo.

—¿Vas a tocar? —le preguntó con toda familiaridad.

—No, Ray me pidió que se la traiga. —En ese momento el pibe reparó en Mariano y le tocó el brazo sonriendo—. ¡Hola, Marian! ¿Venís a ver a mamá? —agregó con acento trescientos por ciento porteño.

Mariano le estrechó la mano, asintiendo con una sonrisa. —Sí, ¿está?

—Sí. —El pibe le mostró la guitarra—. En una de sus sesiones con Ray.

La mir

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