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—Oye, Nahuel, ¿puedo robarme a tu madre?

Creo que Nahuel tardó un milisegundo entero en asentir con un cabeceo contundente.

—¡Toda tuya! —exclamó.

Opté por juntar mis cosas en vez de hacerle un escándalo por su falta de celo.

—Te veo para el desayuno —le dije, besándole la frente.

Su cara era un manifiesto contra levantarse temprano un sábado a la mañana para volver a casa. Como venganza por su desinterés por mi destino, omití decirle que no precisaría madru

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