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Nos quedamos solos en el patiecito.

Recuperé cerveza y cigarrillo, me aclaré la garganta con la vista baja, sin saber bien qué hacer o que decir. Me estremecí cuando apoyaste un dedo bajo mi mentón, instándome a enfrentarte. Y al hacerlo vi que tus ojos se movían por mi pelo un momento más antes de encontrar mi mirada.

—No es sencillo, ¿no? —dijiste en voz baja, pensativo—. Estar frente a frente.

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