Me dejé caer en la cama agotada. Jamás había imaginado que hablar con vos pudiera resultar tan estresante. Porque invitabas, pedías. Que me abra, que dé, que te ame, que lo demuestre. Cada palabra tuya, cada sonrisa de esos ojos de cielo y sal, cada pausa. Siempre cálido y afectuoso, de pronto más intimista que en nuestras dos conversaciones anteriores. Llamándome, llamándome.
Y yo me aferraba con uñas y dientes al sostén mezquino, escaso, que encontraba a mano para no ceder. Porque en realidad