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Me dejé caer en la cama agotada. Jamás había imaginado que hablar con vos pudiera resultar tan estresante. Porque invitabas, pedías. Que me abra, que dé, que te ame, que lo demuestre. Cada palabra tuya, cada sonrisa de esos ojos de cielo y sal, cada pausa. Siempre cálido y afectuoso, de pronto más intimista que en nuestras dos conversaciones anteriores. Llamándome, llamándome.

Y yo me aferraba con uñas y dientes al sostén mezquino, escaso, que encontraba a mano para no ceder. Porque en realidad no quería otra cosa. Lo más difícil era no ceder a mi propia necesidad de rendirme, decirte que te amaba, que mi vida perdía buena parte de su sentido si no podía compartirla con vos.

México, me repetía. Tengo que aguantar hasta México. Son sólo dos semanas.

Hasta entonces, tendría que controlar las ganas de saltarte al cuello, comerte a besos y dejar que hicieras de mí lo que quisieras, como antes, como siempre.

Porque había descubierto que el rey del rock en el fondo era como cualquiera de no
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