Stu se había acodado en su rodilla, el mentón apoyado en su mano, una sonrisa vaga a la sombra de sus bigotes. Por momentos parecía mentira que la comunicación entre ellos aún resultara tan fluida. Pero las evasivas de C al hablar de la banda y la incomodidad que se apresurara a ocultar por su halago eran recordatorios del tiempo transcurrido entre ellos. Por si no le bastaba el simple hecho de que ella estaba a diez mil kilómetros de sus brazos.
—Eres tan gentil, nena —terció—. Tienes un corazón demasiado grande, siempre pronta a sentir gratitud, siempre torpe para admitir tus propias cualidades.
—¡Torpe! —repitió ella, haciéndose la ofendida.
—Sí, torpe. —Rió por lo bajo y agregó afectuosamente:— Tan torpe y tan dulce, nena.
—No esperes que me sienta halagada, pendejo. —Rió con él, aunque enseguida meneó la cabeza—. Una vez, un escritor colombiano ganador del Nobel en los ochenta, dijo que escribía para que lo quisieran. Y creo que tiene razón. No soy una tonta de buen corazón, lo q