Como tantas otras veces, Stu deseó poder meter las manos en la computadora y arrancar a C de su silla, traerla a su lado, abrazarla con fuerza. Pero sólo tenía su voz, su expresión, sus palabras para mostrarle lo que estaba sintiendo. Las herramientas que utilizara toda la vida en el escenario. Deseó de corazón que ahora fueran suficientes.
—Me encantaría, nena —respondió.
Ella asintió, desviando la vista otra vez por un instante. —Hay tanto que me gustaría contarte. —Alzó las cejas—. Y tanto q