Al día siguiente Mariano me pasó a buscar sin avisar para ir a San Telmo, lo cual vino a confirmar lo preocupado que se había quedado. Le di cinco minutos para preguntar lo que quisiera saber. No preguntó nada, así que en el siguiente semáforo en rojo lo enfrenté sonriendo.
—Gracias, Marian —le dije—. Estoy bien, ¿sabés?
—¿Segura? —terció, por si su expresión no bastaba para reflejar sus dudas.
Asentí. —Ayer… —Respiré hondo—. Anoche hablé con él. Nada para alquilar balcones, pero hablamos, que