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Era obvio que la ansiedad no nos permitiría irnos a dormir temprano como aconsejaba el manual del buen debutante, así que nos instalamos en el comedor de la hostería. Como era un alojamiento chico, familiar, habíamos copado todas las habitaciones. Y como el dueño era un ejemplo de anfitrión, por una módica tarifa nos dejaba usar la cocina cuanto quisiéramos. Esa noche nos mostró una heladera llena de cerveza y nos dijo que nos sirviéramos a gusto. Al día siguiente él podía contar cuántas bote

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