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Se despidieron del pianista al pasar hacia el lobby, de la mano, después de pedir que les enviaran los lirios y lo que quedaba del champagne a la suite de Stu. En el ascensor él volvió a abrazarla, porque C permanecía quieta y silenciosa, la vista baja, como ausente. Ella dejó escapar un suspiro entrecortado.

—¿Cansada? —le preguntó.

—No. Me siento como la boa del Principito después de comerse un elefante. Necesito digerir. —C soltó una risita y le guiñó un ojo—. Tú no eres un e

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